ANDRE AGASSI, EL TENISTA INFELIZ POR DENTRO: LA HISTORIA DEL DEBER AL QUERER

28 de noviembre del 2015 | por Jesús Gallego

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Jesús Gallego

Decía C.S. Lewis que leemos para saber que no estamos solos. Pero, ¿y qué sucede después de terminar un libro que nos cautivaba, cuya historia empezaba a formar parte de nuestro día a día? Irremediablemente, nos quedamos un poco solos. Y hoy, he sentido esa soledad.

Terminaba uno de esos libros que no sólo por lo que cuenta sino en la forma en que lo cuenta, les hace ser una pieza de museo. Su título: OPEN. Las memorias de Andre Agassi. Cuando los libros tienen más de 400 páginas, me parecen auténticos Everest de la lectura, para cuya escalada estoy poco preparado – ya saben, poco tiempo, demasiadas excusas y quizá mucha ansiedad por conocer o llegar al final…-, pero esta vez ha sido divertido, cautivador, hasta intrigante, y no podía dejar de escalar todos los días hacia esa cima, para seguir reviviendo la historia de las bolas acertadas y fallidas, en el espacio de la cancha y en la vida, de un deportista al que, raqueta en mano, le escuchaba utilizar su juego como metáfora de la vida. Por cierto, ¡gracias Kike por recomendármelo!

open-agassiSus revelaciones son paradójicas y llamativas: odiaba el tenis. Y siempre odió el tenis. “Juego al tenis para ganarme la vida, – dirá – aunque odio el tenis, lo detesto con una oscura y secreta pasión, y siempre lo he detestado”. Y es que, alguien que ha sido un maestro, para muchos leyenda. Un jugador que emocionó a millones de espectadores y tuvo cientos de miles de fans. Alguien que hizo una fortuna a través del dominio del maravilloso juego de raqueta, ¿tenía motivos para odiar el tenis? Por lo visto sí, y los mismos que cada unos de nosotros cuando nos enfrentamos a nuestro trabajo diario: para él, como para muchos que parecen trabajar por obligación, su trabajo era sólo un deber. Sí, una obligación, un mandato, en el fondo una imposición: del destino, de las circunstancias o, en su caso más específico, de su padre, un obseso del tenis.

Muchas veces trató de dejarlo, pero pronto fue comprobando que tenía talento, tenía un don para ese deporte. Empezó a ser aquello que mejor hacía y, además, ya desde muy jovencito, comenzaba a ser de los mejores. Más adelante, fue el dinero lo que le mantenía en las canchas: era su modo de vida. Y, por último, no terminaba de estar preparado para abandonar, abandonar su mundo, todo lo que le había dado y le seguía ofreciendo, abandonar su forma de vida. Y mientras tanto, mientras entrenaba, cuando corría por la pista, cuando se preparaba para un torneo más, simplemente no era él. Vivía la vida de otra persona. Una persona que no conocía.

¿Y cuántas veces nosotros jugamos el juego de otra persona mientras vivimos? Y sabemos que no es nuestro juego porque no, no lo queremos jugar. Vamos dando tumbos aquí y allá porque decimos que si pudiéramos elegir, no lo elegiríamos. No elegiríamos ese trabajo, ese lugar donde vivir, incluso, ¡esa familia! Y dejamos pasar los días, las semanas, los meses, quizá los años, sin protagonismo alguno. Más que vivir, sobrevivimos. Somos supervivientes de un mundo que no es el nuestro. ¿Trágico verdad? Y por desgracia, ese sentimiento no es demasiado extraño a tanta gente.

¿Cómo conseguir, entonces, ser y sentirte protagonista en esas circunstancias, cuando la pasión no acompaña? Elisabeth Lukas, discípula de Viktor Frankl diría que necesitamos hacernos conscientes de nuestra libertad. Y es que en el fondo, sí podemos elegir, de hecho, estamos eligiendo, pero no somos capaces de atribuirnos el mérito y consecuencias positivas de nuestra elección, y por ello nos sentimos menos, nos sabemos víctimas, ocultamos el propio sentido de nuestros actos y de nuestra libertad.

Porque sí elegimos. Nunca perdemos nuestra libertad para hacer o no hacer tal o cual tarea, para ir o no ir a tal o cual trabajo, para decir o no decir esto o lo otro, pero nos engañamos, nos privamos de la conciencia de nuestra libertad básica y, con ello, perdemos el protagonismo de nuestras acciones.

Porque vamos a ver, ¡deja de ir a ese trabajo ya!, ¡quédate en casa! No atiendas más a ese jefe, cliente o compañero que parece estar para hacerte la vida más difícil. ¡Sí, claro!, no realices esta tarea que tanto estrés te genera, y ¡acaba con todo de una vez por todas!… ¡Ah! ¿Que no? Es que no quieres dejar de hacer todo eso porque tendría consecuencias, y nada positivas para tí, ¿verdad? Pues ahí lo tienes. Estás eligiendo hacerlo por evitar esas malas consecuencias, tú estás eligiendo. Pero reniegas. No te gusta, e infantil y muy comúnmente asociamos lo que no nos gusta con la ausencia de elección. Pero sí, sí elegimos. Tú y yo estamos eligiendo.

Y ahora, ya que sabemos que estamos eligiendo, ¿por qué no nos hacemos otro favor y nos convertimos en protagonistas de nuestras elecciones y,además de elegir nuestro comportamiento, elegimos también nuestra actitud?

Necesitamos percibir nuestro comportamiento como libre, pues desde ahí, podrá ser meritorio y, entonces, tendrá la posibilidad de ser observado como positivo y merecedor de nuestra estima. El problema ya lo apuntaba Bernard Shaw: “La libertad supone responsabilidad. Por eso la mayor parte de los hombres la temen tanto” Somos responsables de nuestras elecciones porque somos libres.

Andre Agassi temió su propia responsabilidad durante mucho tiempo y, aun sin saber cómo, le privó de su libertad y de ser él mismo, sólo se movía a empujones por los condicionamientos de la vida. Pero con el tiempo, encontró algo que le ayudó cambiar. Un par de cosas que se resumen en una y que son el revulsivo fundamental de tanta gente, en el fondo, un amor, un motivo, un sentido.

Resuena nuevamente Nietzsche, a través de Frankl: “quien tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier como”. De nuevo la elección humana, de nuevo el sentido, de nuevo algo o alguien a quien amar y entregarnos.¿Y qué tal si tomamos, conscientemente, esa decisión, quizá la decisión más importante de nuestra vida, y elegimos diariamente a qué o quién entregarnos sin reservas? Renovar nuestra decisión de darnos para mantener en forma nuestro corazón. “La bolsa de deporte – dice Agassi – se parece mucho al corazón: debes saber qué contiene en todo momento” Él descubrió su propia bolsa y la supo llenar. Y tú, y yo, ¿sabemos qué es lo que contiene nuestra propia bolsa, nuestro corazón, para así poderlo entregar?

Acerca del autor: Jesús Gallego es Conferencista Internacional y Socio-Director de Capital emocional, España y LATAM

Ligas de interés:

www.conferenciasliderazgo.com

www.amazon.com/Open-An-Autobiography-Andre-Agassi/dp/0307388409

 

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